sábado, 17 de abril de 2010

Porque no voy a votar por Antanas Mockus (en primera vuelta al menos)

En esta entrada quisiera discutir algo que poco se ha tratado cuando se habla del ex alcalde de Bogotá y candidato a la presidencia por el partido verde, Antanas Mockus. Quiero discutir sobre el contenido y no sólo la forma de sus propuestas y posiciones políticas. O bueno, realmente quisiera discutir ambas.

Empecemos con lo que está en boca de todos: la forma. Esa es la gran apuesta de Mockus, después de todo y la que convoca más a sus seguidores. Mockus propone una sociedad en el que el respeto por la ley prime como una especie de gran imperativo categórico. Los seguidores de Mockus, entre ellos muchos de mis amigos, sueñan con una sociedad en que la gente aprenda a respetar que en los andenes no se puede parquear o en que entienda que uno no se puede colar en la fila para pagar en un súper mercado. En últimas, esta idea expandida, implicaría una sociedad en el que el respeto por la ley se traduciría en que la gente, por ejemplo, pague cumplidamente todos los impuestos o deje de traficar con drogas, porque bueno, sería ilegal obrar de otra manera.

Creo que esto tiene un aspecto positivo y es que, como comentaba en la entrada anterior, cualquier sociedad que aspire a funcionar correctamente, debe buscar a que exista un respeto por la norma entre sus miembros. Pero creo que esto también puede convertirse en un fetichismo por la norma, y en últimas evita un debate más fundamental: que leyes son justas y dignas de ser seguidas y cuales leyes no son justas y no son dignas de ser obedecidas.

No necesitamos remontarnos a ejemplos lejanos y trajinados (como el de si es justo obedecer las leyes de un estado totalitario como el Tercer Reich) para ilustrar este punto. Por ejemplo, Mockus parece empeñado en creer que el narcotráfico es un problema de lo que él llama “la cultura de la ilegalidad”, y no lo que realmente es, un problema de salud pública y de libertades civiles violadas por una prohibición absurda. De la misma manera Mockus y muchos de sus partidarios han satanizado esa cultura de la ilegalidad manifiesta en el comercio informal (resultando además en medidas represivas contra este, cuando el profesor fue alcalde de Bogotá). Pero la pregunta es si estos comerciantes tienen realmente alguna obligación con el Estado de llenarle sus cofres con impuestos, lo que les impediría trabajar y ganarse el pan de cada día (en un país donde además existen niveles de desempleo tan enormes).

Dicho esto sobre la forma de la política mockusiana, me queda la cuestión de sus contenidos, al que tan poco cuidado han puesto los medios de comunicación o muchos de sus partidarios. La razón por la que en este punto tampoco podría apoyar a Mockus, se debe a que entre sus propuestas brillan por su ausencia varias propuestas que yo considero fundamentales y en cambio entre lo que propone y defiende hay muchas otras que considero inaceptables.

¿Qué le falta a Mockus por proponer? Por un lado, una reforma agraria. Para este tema, el ex alcalde sólo ofrece pañitos de agua tibia. Un programa para recuperar tierras de los narcotraficantes, como si estos fueran los únicos que hubieran robado o se hubieran beneficiado del robo de tierras. Eso no es suficiente; toca revisar con lupa las compras y apropiaciones de tierras de ganaderos y cultivadores de palma africana y otros latifundistas, que por estar abiertamente aliados con los paramilitares o de forma indirecta se han visto beneficiados aumentando sus predios. Toca obligar a TODOS los culpables del desplazamiento de millones de colombianos a resarcir a sus víctimas, no sólo devolviendo las tierras robadas sino forzarlos a pagar indemnizaciones si se comprueba que participaron de alguna manera en expulsar de la tierra a sus legítimos dueños.

Irónicamente, habría que añadir, una reforma agraria bien hecha podría romper el sistema social de cuasi feudalismo que impera en buena parte de este país, y ayudaría a construir una sociedad realmente más cercana al moderno ideal mockusiano de respeto ciudadanos con respeto por la ley (en vez de vasallos tratando de ascender socialmente, de convertirse ellos en “patrones”).



La otra cosa que brilla por su ausencia es una posición más decidida en contra de la “Guerra contra las drogas”. Respecto a esto Mockus vuelve a proponer, débil y poco concretamente, un cambio en la manera en que se lleva a cabo la lucha contra las drogas ¿Pero cuál es la extensión y el sentido de dicho cambio? Eso no queda claro, como no está claro (desde la perspectiva mockusiana) cual es el verdadero problema con respecto al narcotráfico (que no existe como parte de la “cacareada cultura de la ilegalidad”, sino precisamente por culpa de la ley, en este caso la prohibición).

Pero además, Mockus es un candidato que ha apoyado políticas (incluyendo de la actual administración) que me parecen nefastas. Puedo dar varios ejemplos al respecto: las bases norteamericanas en Colombia, la reforma laboral o el TLC, por mencionar algunas ¿Por qué debería apoyar yo un candidato que sostiene tales posiciones, en las que no sólo no creo, sino pienso que son malas para el país? Puedo preferir a Mockus en un caso de una segunda vuelta sobre un Juan Manuel Santos con los ojos cerrados, por supuesto, pero está muy lejos de ser el candidato que tenga las mejores propuestas para los problemas que tiene el país.

Desde luego, queda el debate de si tanto todas estas posiciones que no tiene Mockus, como aquellas que tiene, son buenas o malas para el país realmente. Mi punto, finalmente, es que como dijo el senador Jorge Robledo en el programa radial Hora 20 hace unas dos semanas, la discusión sobre Mockus sólo se centra en la forma de su política y no en los contenidos de sus propuestas. Creo que es el momento de discutir esto, y no sólo para el caso de Mockus, sino con respecto a todos los demás. En general, creo que hora de que haya un verdadero debate electoral.

lunes, 5 de abril de 2010

¿Déjenme sano o déjenos sanos?

En Colombia está ocurriendo un fenómeno poco común desde hace un par de años: ha aparecido un grupo que reivindica los derechos individuales y que hace ruido. Se trata de la llamada Dosis de personalidad, una “red de colombianos que defiende las libertades individuales”, y que se ha manifestado ya en varias ocasiones de manera pública. El grupo ha tomado como caso emblemático de su lucha, una oposición abierta a la criminalización del consumo de drogas, al punto a que su slogan “Déjenme sano” ha surgido como su canto de batalla en contra de las aspiraciones del estado (y en particular de la actual administración) de tratar a los consumidores de drogas como enfermos y criminales.

Antes que nada, lo primero que tengo que decir es que la iniciativa es muy valiosa, tan sólo por el simple hecho de que alguien se levante (¡por fin!) para defender las libertades individuales, en un país donde son cada vez menos populares. Pero además, el hecho de que lo que se defienda una cosa tan satanizada como el consumo de drogas, en una sociedad tan conservadora como la colombiana, es sin lugar a dudas valiente y notable desde todo punto de vista. También me gusta el estilo del grupo, su propuesta participativa, al igual que su uso de medios como Internet y los videos en Youtube. Es por ello que quisiera ofrecer una crítica constructiva al mismo.

La idea de esta crítica surgió de una discusión que tuve con una amiga sobre el grupo y el tema de la legalización de las drogas. Me decía mi amiga (partidaria de la legalización de las drogas), que lo que le preocupaba del mensaje que estaba enviando la “Dosis de personalidad”, era que se trataba de uno contradictorio. Lo que se estaba proponiendo en muchos de los vídeos que ha montado el colectivo en Youtube, según ella, no era otra cosa que la reivindicación para que pudieran “fumarse su bareto” y nada más. Ese mensaje es contradictorio, porque reconoce el derecho de los consumidores al mismo tiempo que no se dice nada sobre la venta de drogas. Es decir, el mensaje que se está enviando es que si bien es ilegal vender drogas, debe ser legal consumirlas ¿Pero como puede haber consumo sin venta (tráfico), se preguntaba mi amiga? Esto, según ella, además envía otro mensaje que es perverso, porque invita a violar una norma (la prohibición de comerciar con drogas); en últimas es otra invitación a pasarse por encima las normas en general según la conveniencia personal, problema generalizado en el país (como habrán adivinado, mi amiga es partidaria de Antanas Mockus).

Esta discusión con mi amiga tiene dos ramificaciones. La primera, bastante compleja, es la discusión sobre hasta que punto se deben obedecer leyes que se consideran injustas. Yo creo que violar la norma que prohíbe el consumo de drogas es violar una norma injusta y por ende creo que es una acción completamente legítima. Pero también reconozco que cualquier sociedad que aspire a funcionar (incluida una anarquista) debe cultivar un respeto por la norma, respeto que en un país como Colombia es muy bajo. Sin embargo, no es esta primera ramificación la que quisiera discutir en esta entrada, en tanto la discusión da para divagaciones bastante complicadas.

La segunda ramificación de esta discusión, que es la que me interesa tratar, es el enfoque que maneja “Dosis de personalidad”, y que creo está reflejado en su lema “déjenme sano”. Como lo decía mi amiga, a veces parece que el mensaje es “déjenme fumarme mi bareto tranquilo” y nada más. Por ello mismo no hay una preocupación por buscar la legalización integral de las drogas, sólo por el derecho a consumirlas. Un ejemplo de esto, según mi amiga, es la famosa sentencia de mediados de los años noventa (de autoría de Carlos Gaviria) que legalizaba el consumo de la dosis mínima, y que conllevaba a la ya mencionada contradicción de descriminalizar el consumo pero mantener la prohibición de la venta; esa sentencia es el modelo que parecen defender los miembros de la “Dosis de personalidad”.




El problema es que un esquema que se quede con sólo descriminalizar la prohibición al consumo, es que se siguen manteniendo las consecuencias nefastas de la “guerra contra las drogas”, que van mucho más allá de que a mi “no me dejen fumarme mi bareto”. Así, me explicaba mi amiga, cuando los consumidores (amparados en su derecho a consumir la dosis mínima), compran un bareto o un gramo de coca, siguen financiando una mafia y en buena media la violencia en Colombia (dado que los paramilitares y la guerrilla se alimentan del dinero de la droga).

Se puede discutir que la causa última de lo anterior no radica en el acto de comprar drogas, aún sabiendo que el dinero va a la mafia que maneja el negocio, sino a la misma guerra contra las drogas que es la que crea la mafia. De hecho, es lo que yo pienso. Pero creo que mi amiga tiene un punto en que la lógica de una descriminalización parcial (donde se legaliza una parte de la cadena, el consumo) sigue manteniendo el esquema nefasto de la guerra contra las drogas intacto con sus consecuencias, y hace que los consumidores sigan siendo parte del problema (y por ende, blancos políticos fáciles, ya que se les culpa de “financiar a la mafia”, cosa que han explotado bastante los uribistas en su discurso). Por ello creo que la descriminalización parcial del consumo es válida sólo si piensa tácticamente como un logro en la dirección correcta, no como el status quo que hay que mantener, como si fuera la situación ideal.

En últimas, el problema de la lógica de “déjenme sano”, es que es parte de un liberalismo que correctamente defiende los derechos individuales, pero piensa la cuestión desde un atomismo social ingenuo. La monstruosidad de la guerra contra las drogas no consiste únicamente en el hecho de que no nos permitan "fumarnos un bareto en paz", sino que el Estado se ha otorgado un poder inadmisible sobre los cuerpos y las decisiones de los individuos que cultivan y comercian drogas, no sólo de los que las consumen. Y la violación de esos derechos individuales de todos estos grupos de personas, se traduce en consecuencias mucho más graves que la restricción de las libertades individuales de los consumidores, ya que terminan creando un efecto perverso en todo el entramado social que no es otro que la mafia.

Por todo lo anterior me atrevería a sugerir que el lema no debería ser “déjenme sano”, sino “déjenos sanos”. En esta versión en plural me refiero a que hay que dejar sanos a los campesinos que cultivan las plantas de las que salen las drogas, los que la procesan en laboratorios y los que las vayan a vender, por muy políticamente incorrecto e impopular que suene la idea (valga la aclaración, no se trata de “dejar sanos” a los actuales mafiosos, sino aquellas personas que en un futuro comerciarían la droga dentro de un marco de leyes establecidas que regulen su venta y donde no se recurra a la violencia para mantener los nichos del mercado). La defensa de los derechos individuales es, como lo entiende un liberalismo de corte más aristotélico, una cuestión más integral de lo que está dispuesto a admitir el liberalismo más “moderno”.