sábado, 24 de enero de 2009

El derecho natural según los conservadores

Hace poco más de una semana murió una obsesión personal mía: Richard John Neuhaus. El padre neoconservador, cuyos escritos y su revista inspiraron mi tesis de grado y un interés personal en estudiar y comprender la derecha estadounidense, en particular la que estaba ligada a sectores religiosos, dejó de existir el 8 de enero de 2009.

Neuhaus sin lugar a dudas era un escritor con talento, un polemicista notable, y aunque desconocido para el gran público, alguna vez la revista Time o Newsweek (no recuerdo cual), lo consideró uno de los 50 intelectuales más influyentes de los Estados Unidos. Su revista, First things está muy bien hecha y aunque contiene posiciones que generalmente considero execrables, vale la pena leerla, entre otras porque es un excelente ejercicio periodístico que mantiene a sus lectores muy bien informados de la vida religiosa en ese país y en el mundo (así sea a través desde una perspectiva bastante sesgada).

Igual, no voy a validar, ni mucho menos, aquel famoso adagio que reza que "no hay muerto malo." Neuhaus convirtió sus virtudes como escritor e intelectual en vicios, al utilizarlas como un arma favor de los sectores más reaccionarios del país, defendiendo con su pluma a muchos de los fanáticos de la derecha religiosa, mientras escribía cosas tan absurdas como que los ateos no podrían ser nunca buenos ciudadanos. En cierta medida mentiría si dijera que no lo voy a extrañar, pero también mentiría si digo que su muerte no es un alivio para un país y un mundo que necesita menos gente como él.

Desde luego en First Things (que desde hace poco tiene un blog continuamente actualizado por sus colaboradores) se la ha rendido homenajes, homilías, y se le ha recordado constantemente por estos días. Uno de esos recordatorios es un excelente ejemplo de todo lo que considero perverso en su pensamiento, y en general en el pensamiento conservador del tipo católico. Escribe su colaborador Stephen MacDaniel:

Flipping through the first volume of Fr. Neuhaus’ The Best of the Public Square I happened upon this diverting item from the December 1994 While We’re At It:

“The Politics of the Breast” is an opinion piece in the New York Times advocating the right of women to go bare-breasted on the subway. Two years ago the New York Court of Appeals ruled that the state laws against indecent exposure could not be enforced against women who wish to be topless in public. Judge Vito J. Titone wrote that differential treatment of female bodies violated constitutional guarantees of equality and was “rooted in centuries of prejudice and bias toward women.” One suspects he meant to say against women. A certain delicacy about the display of the female body in public is indeed rooted, apparently from the beginning of the species, in an enthusiastic male prejudice and bias toward naked women. Such considerations seem to carry little weight with the court, however. If human nature and the edicts of the court are in conflict, human nature will just have to change. Mayor Giuliani, being a generally sensible fellow, says the transit police will continue to arrest bare-breasted women on the subway. A police spokesman explains that, in the close press of subway travel, a “very, very attractive” topless woman could create excitements that would pose a public danger. Some subway patrons, he opined, could become so distracted that they might fall down escalators or even onto the tracks. The Times writer is buying none of it. She scoffs at the idea that “the power of the female breast is such that it can lure its beholders to untimely demise in subterranean channels.” She concludes that the bare-breasted subway rider is making the point “that her breasts belong to her and not to the onlookers.” It is not, however, the proprietorship but the public display of the items that is in question. To be fair to the writer, this is a man thing and it is perhaps understandable that she just doesn’t get it. Her argument and that of the New York court, however, do helpfully illumine why it is so very difficult to make a case for public decency. The concepts of decency and indecency turn upon what is offensive. Today, unless you are a member of a certified victim group, you have not the right to be offended. If you are offended or, as in this case, aroused, the fault is with you. The fun for the more aggressive members of the certified victim group is to taunt and provoke you into protesting what they say or do, thus confirming that they are victims and you the victimizer. But this is old hat by now. And for all the media chatter about bare-breasted subway riders, we know nobody who has seen one to date. One expects it’s not for the lack of looking. In any event, the ancient maxim is again vindicated that those whom the gods would destroy are, if madness be the sign, disproportionately New Yorkers.


¿Por dónde empezar? Quizás lo más sorprendente de esta entrada es cuan perversa es la concepción del derecho natural que tienen los conservadores católicos como Neuhaus: por un lado, es increíble que para gente que no se cansa de imaginar a las mujeres como madres, un hecho fundamental de la maternidad (dar pecho a su hijo) pueda ser considerado “ofensivo” por ser llevado en público. Un bebe cuando tiene hambre no se va a poner a esperar a estar en un ámbito privado para ser alimentado por su madre y así no ofender o excitar sexualmente a los hombres. Pero no, para Neuhaus esos hechos fundamentales sobre la maternidad y la necesidad de alimentación de la cría, están por debajo en su escala de valores del sentimiento de culpa católico con respecto a la anatomía humana, en especial la femenina.

Y aquí es donde está la crux del asunto. No hay ninguna razón, tomando como base el derecho natural, para aceptar este moralismo católico como parte del mismo. Lo que debería ser parte del derecho natural, el hecho de que la exposición de las mamarias femeninas no es ningún insulto, sino un hecho natural que no viola ni agrede a nadie, se convierte en un tema de culpa por la inserción atroz del dogma religioso. Aristóteles (al menos la esencia de su pensamiento) está muy por encima de Santo Tomás. La exposición de senos, un hecho común en múltiples culturas en la historia humana (incluida nuestra moderna cultura occidental, y cualquiera que haya ido a una playa con mujeres topless o desnudas lo sabe) está muy lejos, por si sola, de causar una incontrolada excitación sexual que impida a los hombres funcionar normalmente en su diario vivir. Pero es natural que Neuhaus no entienda de esas horribles y pecaminosas experiencias, habiendo sido, como lo fue casi todo su vida, un cura (esto a pesar de que era un cura audaz, capaz de usar el lenguaje de la pornografía para desarollar algunos de sus puntos).

Finalmente quisiera comentar esa odiosa parte sobre los “los grupos certificados de victimas y victimarios”. Cuando Neuhaus habla de estos, hay que recordar que como todos sus coetáneos conservadores, manejan un discurso contra lo “políticamente correcto”. Dependiendo del nivel de sofisticación del conservador, ese discurso contra lo políticamente correcto va desde su "sagrado derecho" a tratar de manera degradante miembros de minorías étnicas o religiosas (por ejemplo, llamar “niggers” a los negros, en el caso de los más bestias), hasta discursos más sofisticados como el de Neuhaus, que defienden “superioridad moral de occidente y sobretodo de Estados Unidos”, y por consiguiente, el derecho que les asiste a “civilizar a los bárbaros” o de “importar e imponer la democracia en el mundo”. Cualquiera que ose cuestionar estas ideas tan “obvias” simplemente es cómplice de la conspiración de lo políticamente correcto para censurar a los campeones derechistas de la verdad y proteger a los “bárbaros”, que conforman el “grupo certificado de víctimas”, de su doloroso impacto.

Para Neuhaus, estos grupos son los grupos “certificados” por el “establecimiento liberal” con “derecho a sentirse ofendidos”. Pero si eres un conservador católico, o un blanco protestante y desde luego hombre un hombre, razona Neuhaus (porque las mujeres son otro grupo “certificado”, y el malvado establecimiento liberal impide tratarlas como los seres inferiores que son y el objeto de excitación sexual que sin lugar a dudas representan), nadie te da el derecho a sentirte ofendido. No importa cuan estúpidas, anti naturales e irrazonables sean tus justificaciones para sentirte ofendido: las pérfidas “liberal elites” te tienen maniatado, amordazado en nombre de lo “políticamente correcto”.

En últimas, el moralismo católico ha causado probablemente uno de los mayores perjuicios a una de las ideas más brillantes de la filosofía en la historia humana, la teoría del derecho natural. Al mezclarlo con un dogma religioso, lo ha convertido en una caricatura de si mismo, en una idea confundida muy fácilmente con el dogma religioso, con el cual originalmente no tuvo nada que ver. Por eso muchos amigos míos se sorprenden cuando me encuentran más cercanos (cada día) a la filosofía clásica que la filosofía moderna de un Kant o de un Rawls. Es casi impensable que alguien que se precia de ser de izquierda (que supuestamente es una idea moderna), reivindique concepciones morales de “godos pasados de moda”, y que parezca más cercano a las ideas defendidas por un José Galat. Pero como dicen, las apariencias engañan.

2 comentarios:

Carlos dijo...

A mi me queda una duda es si esas posiciones de la derecha corresponden realmente al moral católica o cristiana.

No he visto en la doctrina cristiana una justificación a ese racismo, a ese machismo y mucho menos al imperialismo.

Creo que aqui se conjugan otros elementos que simplemente confluyen en el mismo tipo de gente.

Link dijo...

Y bueno, leyendo parte de sus discurso veo que pasó de largo la muerte de Samuel Huntington (muripo el 24 de Diciembre pasado), otra cabeza de playa del supremacismo estadounidense y de las "amenazas" que se ciernen sobre la hegemonía actual... y mentor de Francis Fukuyama, otro de esos.