martes, 31 de julio de 2007

¿Y si les dan status político, qué?

Obviamente con el choque entre la Corte Suprema de Justicia y el presidente entorno a la cuestión de otorgarle status político o no a los paras se ha desatado todo un torrente de acaloradas discusiones. Al parecer el debate se centra en dos cosas: el irrespeto al equilibrio de poderes (y a la “institucionalidad”) que causó la respuesta del presidente a la corte, a la que acusó de “sesgo ideológico” y si deberían o no otorgársele el status político a los paras, y a la guerrilla no, y si darle status político a los paras implica dejar que se cuelen los narcos en el proceso. De eso se ha escrito bastante, y sin lugar a dudas la columna de Maria Jimena Duzán hoy en El Tiempo es una reflexión bastante buena sobre el segundo particular.

Sin embargo hay una cosa de fondo que creo que no se han planteado los analistas, y es el significado en sí de darle status político a cualquiera de estos grupos. Reflexionando al respecto, Marsares, uno de los fundadores del portal de internet Equinoxio, replantea la cuestión para guerrilla y paras y escribe:

El guerrillero se levanta en armas contra el Estado. Su fin es acabar el Estado existente y reemplazarlo por otro. En cambio, los paramilitares se arman para defender el Estado, oponiéndose a la guerrilla. Como el delito de rebelión y el de sedición lo comete quien se levanta contra el Estado, resulta imposible aplicarlo a los paramilitares.

Habría que añadir que la guerrilla tiene un proyecto político y en muchas zonas del país funciona casi como un pequeño estado (incluso llegó a construir carreteras). Desea acabar el estado existente para reemplazarlo por otro de una naturaleza distinta. El paramilitar en cambio es una herramienta para defender ese orden establecido, una herramienta que se le ha salido de las manos a quienes sirvió inicialmente o a quienes ayudaron a crearla. Pero acto seguido Marsares añade:

En este sentido, si bien los paramilitares al haber pasado de la legítima defensa al asesinato de quien se les opusiera, se convirtieron en delincuentes comunes, de igual forma, los guerrilleros, al tomar similar camino, dejaron de ser delincuentes políticos. Unos y otros, por consiguiente, deben ser juzgados como lo que en realidad son, delincuentes comunes.

Seguramente Marsares se refiere acá a toda suerte de actos criminales que cometen tanto la guerrilla como los paramilitares: ya sea por sus métodos (secuestros, asesinatos en masa) como ciertos medios que en muchos casos se han convertido en fines mismos de su actividad, como el narcotráfico y que como tal no tienen carácter político. Pero no veo como eso anule el status político. Sería como decir que Estado colombiano y quienes lo controlan, no tienen un carácter político, porque el ejército comete masacres – o actúa como cómplice en ellas- o porque hay toda una larga lista de políticos y funcionarios relacionados con toda suerte de actividades criminales (corrupción, narcotráfico etc).

La pregunta del millón es ¿Darle status político hace de los delitos comunes, y sobre todo, de los delitos de lesa humanidad cometidos por guerrilleros, paramilitares o el Estado, delitos perdonables? ¿Acaso un secuestro o una masacre son o deberían ser perdonables sólo porque los cometió un actor con status político? Pareciera que la respuesta inicial y automatizada de esta sociedad es que sí, pero invito al lector a considerarlo, pues creo que lo más sensato es decir que no. Ningún status político debería salvar al Mono Jojoy o Mancuso o algún presidente colombiano de pagar por los crímenes comunes u atroces que hayan cometido.

Desde luego, la cuestión del status político no es otra cosa que una cuestión de conveniencia. El gobierno no quiere negarle a la guerrilla el status político porque crea que no lo merece, ni quiere dárselo a los paramilitares porque en verdad los considere sediciosos, contrariando la más evidente lógica y dando muestras de hipocresía palpable, pero predecible. El gobierno le niega el status político a la guerrilla simplemente porque hacerlo implicaría aceptar lo que ha negado hasta la saciedad: que hay un conflicto armado y político, y que no es simplemente “terrorismo” cometido por “bandoleros” o “narcoterroristas”, en lo que se gastan millones de dólares en combatir; así la guerrilla en efecto cometa crímenes comunes y atroces y así cuente entre sus métodos el uso del terrorismo. Y se lo da a los paramilitares simplemente porque en este momento le conviene, por no mencionar que los “paras” y el Estado (y buena parte de la clase política en ese estado) han estado y aún continuad siendo socios y aliados

Aquí entramos a otro problema y es la manera en que usualmente se percibe el status político: como una forma de legitimación. Si la guerrilla recibe status político la estamos “legitimando”, como si tener objetivos políticos convirtiera por arte de magia al grupo que los posee en legitimo y sobre todo como si todo objetivo político fuera legitimo en si mismo. Por eso siempre escucho la misma voz indignada cuando uno manifiesta que las FARC tienen objetivos y un ideario político “¿Ideales? ¿Objetivos políticos? La guerrilla habrá tenido ideales cuando se creo, pero hoy no son sino una bandada de [inserte insulto o insultos de su elección: narcotraficantes, narcoterroristas, bandoleros etc…]”; eso cuando no lo están tildando a uno de guerrillero por sostener semejante opinión.

Ese prejuicio, tan común y esparcido en este país, nunca se detiene a mirar si los ideales políticos de cualquier grupo son deseables o aceptables en si mismos (cosa que no creo sea el caso de la guerrilla, a menos que encontremos deseable o aceptable el marxismo leninismo o el estalinismo). Lo único que importa es negar la realidad –torpemente si es necesario- en virtud de la tranquilidad de pensar que no tenemos un conflicto político y, sobre todo, por qué lo tenemos.

En síntesis creo que los paramilitares en efecto no merecen el status político a diferencia de la guerrilla, porque los paras han sido un instrumento aliado del establecimiento, no un movimiento propio con fines de cambiar el panorama político. En ese sentido, la hipocresía del gobierno, se plasma en la contradicción manifiesta de negar el carácter de “conflicto” a la guerra que vivimos, pero pretender darle al bando más cercano a sus intereses el carácter político. Pero aún considerando todo esto, la discusión sobre status político de la guerrilla o los paras es y sobre todo debería ser irrelevante en relación a los crímenes que estos hayan cometido, pues el mote de “status político” no es o debería ser un justificación o siquiera atenuante para cierto tipo de crímenes. En ese sentido la última columna de Antonio Caballero sobre este tema es muy cierta: darle, por ejemplo, status político a la guerrilla, no la exime de ninguna responsabilidad por sus acciones; de hecho es poner más responsabilidad sobre sus hombros, no menos.

En última instancia, la cuestión del status político es ante todo una cuestión simbólica y está íntimamente relacionada con la forma en que definimos nuestra realidad. Por el momento el Estado colombiano la ha definido a su conveniencia, con las nefastas consecuencias que estamos viviendo.

viernes, 27 de julio de 2007

Como en las comedias

Dice el presidente Hugo Chávez:

Chávez pide expulsar a extranjeros que califiquen de "tiranía" a su gobierno

22 de julio de 2007, 03:33 PM

CARACAS (AFP) - El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, pidió a sus ministros que se encarguen de expulsar a los extranjeros que "denigren" a su gobierno o lo llamen "tirano", durante su programa de radio y televisión "Aló, Presidente" de este domingo.

Aunque no precisó a quién se refería, Chávez indicó que el sábado le reclamó al canciller Nicolás Maduro y al vicepresidente Jorge Rodríguez, que hicieran algo cuando "venga fulano de tal a decir que hay una dictadura y nosotros no digamos nada. Eso le está prohibido a los extranjeros".

"Ningún extranjero puede venir aquí a arremeter contra nosotros, el que venga hay que sacarlo de este país, no se puede permitir, es cuestión de dignidad nacional", insistió.

"Hablo de señores que vienen a dar unas conferencias, les pagan además, y por televisión abiertamente dicen que estamos en una dictadura y que Chávez es un tirano. Eso sencillamente no se puede seguir permitiendo, Venezuela tiene que darse a respetar", resaltó.

Este fin de semana estuvo de visita en Caracas el presidente del gubernamental Partido Acción Nacional (PAN) de México, Manuel Espino, quien participó en un foro sobre democracia y libertad de expresión.

Espino cuestionó la reforma constitucional que propugna Chávez, y sostuvo que se trata de "una argucia para mantener la perpetuidad del gobierno actual", al incluir la reelección presidencial ilimitada.

En junio, el juez español Baltasar Garzón fue duramente criticado por la presidenta del Tribunal Supremo de Justicia, Luisa Estela Morales, y por el canciller y el vicepresidente, quienes le llamaron "mercenario" y "payaso" a raíz de un discurso que dio ante una federación de empresarios.

Sé que es extraño comentar esto tan tardíamente, ¿pero no es más extraño, por no decir francamente contradictorio, molestarse de ser tratado como tirano, y acto seguido amenazar con expulsar del pais que uno gobierna a cualquiera que ose expresarse de esa manera del gobierno? Pensé que el recurso de decir una cosa y hacer o amenazar hacer exactamente lo contrario era parte del arsenal de los humoristas, no de los políticos.

sábado, 21 de julio de 2007

Una sugerencia

Pasó el desfile del 20 de julio, y el hábil propagandista que es Alvaro Uribe se lo llevó para que se realizara en la isla de San Andrés, con la obvia intención de reivindicar la "soberanía" colombiana sobre el archipiélago, ante los reclamos nicaraguences. Sin embargo, pienso yo, más honesto que las maruyas de Bogotá o las intrigas de Managua, más certero y valioso que lo que opine un poco de jueces en la Haya, sería hacer un plebiscito entre los habitantes del archipielago, y preguntarles si quieren ser independientes, seguir con Colombia o unirse a Nicaragua. Por alguna extraña razón esa alternativa es la que nadie parece considerar.

viernes, 20 de julio de 2007

Un muerto por el que si vale la pena llorar

En vez de estar llorando a políticos oportunistas y corruptos como el viejo gaga ese del López Michelsen, aquí si tenemos un "muerto bueno" de verdad. Que descanse en paz "el negro" Fontanarrosa, gran caricaturista, excelente cuentista...aquel que me hizo apreciar a Rosario Central. Una perdida que lamentar. Como todo gran humorista, el demostró la máxima del dramaturgo rumano Ionesco, que "el humor es libertad".


En un colombiano más (reloaded) también hay espacio para el humor

Humor negro, por cuenta de Londoñíto, portavoz inequívoco del régimen:

"Si el secuestrador muere, el rescate no ha fallado. La sangre derramada del justo salva la de muchos, garantiza la paz y edifica el derecho."

Lo cual desde luego explica porque el coronel Plazas Vegas organizo un exitoso "rescate" de rehenes en el Palacio de Justicia hace 22 años. Ahora todo está claro. No sé que hace la fiscalía deteniendolo. Deberían antes premiarlo por su exitoso rescate aquel lejano noviembre del 85.

martes, 10 de julio de 2007

Ateismo, cristianismo, racionalidad , falsificación y la carga de la prueba

No deja de ser una tragedia para nosotros los infieles, que los representantes del ateismo a nivel mundial, al menos para el gran público, sean intelectuales desafectos que tratan de refutar con un celo –desafortunadamente hay que decirlo- cuasi religioso a la religión. Richard Dawkins, un excelente paleontólogo pero un pésimo filósofo de la religión, y el antiguo ex trotskista converso a la derecha más recalcitrante, Christopher Hitchens, son el ejemplo fatídico de esto. Y se han convertido, con toda razón, en el blanco fácil favorito de creyentes, en especial conservadores, y algunos colaboradores espontáneos, cercanos a la crítica literaria y al llamado “postmodernismo”, que creen que rehabilitando a la religión, van a hundir el proyecto de la modernidad.

Un ejemplo de esto último es el último artículo de Stanley Fish (aún no disponible sin pagar), aparecido en el New York Times, que desde luego no dejó de ser comentado por Richard Neuhaus. Por lo que pude leer en el comentario de Neuhaus, el ataque predecible de Fish está orientado a como la ciencia es la religión de reemplazo para estos ateos, y de cómo su celo religioso a la hora de luchar contra la religión saltan a la vista como una contradicción manifiesta. El otro argumento de Fish al parecer consistir en acusar a Dawkins, Hitchens y compañía de deshonestidad intelectual. Se plantean preguntas difíciles como “¿Si hay un Dios por qué existe el mal en el mundo?” y en vez de intentar responder, simplemente saltan de una vez concluyendo que Dios no puede existir. Neuhaus desde luego lo aplaude.

Y sin embargo hay dos puntos interesantes a apreciar en la crítica de Fish. Primero, lo que acabamos de mencionar: la crítica a las supuestas posiciones facilcitas de Dawkins y compañía. En realidad es una crítica que está fuera de foco. Yo no he leído ni el libro de Dawkins ni el libro de Hitchens, y no me sorprendería que la forma en que se presentan los argumentos sea simplista (al menos si juzgo por las entrevistas que he visto de ambos en la televisión exponiendo sus puntos de vista). Pero eso no quiere decir que los argumentos en si sean simplistas, o producto de la pereza intelectual. Un argumento como el argumento del mal en contra de la existencia de Dios, tiene toda un “set” de formulaciones sofisticadas, y es un argumento poderoso que incluso apologetas destacados se toman muy en serio. En síntesis, el argumento es una “respuesta fácil”. Sería tan absurdo deducir eso, como lo sería pensar que porque algún creyente pregunta con facilismo “¿Si Dios no existe, de donde vino el mundo?”, eso haga de los complejos argumentos cosmológicos una “respuesta fácil”.

Pero del argumento de Fish concerniente a este punto me preocupan las presuposiciones que carga: la idea de que una reflexión concienzuda del problema nos lleva –al parecer- de manera inexorable hacia la conclusión que haría un teólogo. Dios es supuestamente la respuesta final a la que un razonamiento correcto debe apuntar, cuando nos parece a los no creyentes, que no es más que una hipótesis dudosa rodeada de escollos por donde se le mire. No es una obligación epistémica del no creyente tratar de salvar una creencia en Dios ante las dificultades que el sentido común parece imponerle, como si la creencia en Dios fuera la creencia por defecto del mismo sentido común. Podrá ser la creencia más popular, pero esa observación sociológica no le da mayor fuerza, como decir que en algún momento fue popular la creencia de que la tierra era plana, a pesar de ser falsa de toda falsedad (al sabiondo con que me salga con que en la Edad Media ya sabían que la tierra era redonda, le va la madre. Yo hablo de la creencia popular, no de lo que unas pocas elites de navegantes y sabios conocían).

En segunda instancia, observo que Fish al parecer utiliza su ataque a Hitchens y Dawkings como un ataque no sólo a su ateísmo, sino como un ataque a la racionalidad misma. Hitchens, Dawkings y compañía, con su fe en la ciencia como narrativa explicativa del mundo, parecen tan religiosos como cualquier otro creyente lo que sugiere que en el fondo su actitud es sólo una versión secularizada de la religión tradicionalmente entendida. Esto lleva a Fish a concluir, como es natural, que la fe religiosa, como cualquier otra fe (como la fe en la ciencia) es un sistema de proposiciones cerradas que no puede ser refutada. Es un discurso inconmensurable, por decirlo de una manera. Por ende, no hay forma de probar que la religión –sea cual sea- está equivocada.

Ante esto, Neuhaus inmediatamente pone el alto. El postmodernismo es un arma útil para los sectores tradicionalistas y conservadores, en tanto sirve como un ariete útil para asaltar la fortaleza de la modernidad, pero cuando el ariete golpea el edificio general de una razón universal, se convierte en un estorbo. Por ello Neuhaus imagina una forma en que el cristianismo podría “falsearse”: una situación hipotética en que el cuerpo de Cristo (o más bien, los restos) aparecieran.

Lo cual resulta doblemente asombroso. Por un lado la idea de que un católico, plantado en la tradición aristotélica y tomística, defensor a ultranza de la racionalidad entendida a través de la ley natural, pueda proponernos como prueba de la racionalidad del cristianismo el modelo popereano de la falseación; un modelo surgido del positivismo odiado y diseñado para explicar el quehacer científico y no cuestiones religiosas, utilizado para determinar la racionalidad del cristianismo es poco más que desconcertante.

Ahora, no es que el ejemplo que nos puso sea impropio: si apareciera el cuerpo del hombre llamado Cristo, implicaría que este no resucitó entre los muertos y que la fe cristiana es vana, como bien lo dijo San Pablo. Pero es un ejemplo bastante conveniente. Las probabilidades de que el cuerpo de un sujeto crucificado como un vulgar insurgente por los romanos hace 2000 años aparezca, y que además logremos reconocerlo “a ciencia cierta” como Cristo, son mínimas ¿Tenemos que decir que el cristianismo no puede ser “falseado” mientras tanto?

Una vez más, las afirmaciones que hace la religión cristiana requieren un sustento muy alto para considerarlas la hipótesis por defecto. Además existen toda una gama de argumentos que no requieren la aparición del cuerpo de Cristo para desechar la religión cristiana; eso y el hecho fundamental de que la religión en general es la que tiene que probar su caso, no al contrario. Permitirles a los teistas y creyentes en general que inviertan ese elemento fundamental de la discusión, de que la carga de la prueba les pertenece a ellos y no a nosotros, es, en el fondo, la gran derrota retórica de los infieles, el gran gol que nos están metiendo, y no por virtud de los argumentos precisamente.