sábado, 30 de junio de 2007

La sagrada familia

Hace algunos años me encontraba caminando con un amigo por la calle 19 con carrera tercera, cerca de la universidad, cuando nos encontramos con una recolectora de firmas para una campaña política. Era un muchacha que trabajaba para una de las listas de algún movimiento cristiano (creo que era el de Claudia Castellanos) no recuerdo si al Senado o al Congreso. Se acercó a nosotros, y me preguntó “¿Cree ud que la familia es la unidad fundamental de la sociedad?”. Desde luego contaba de antemano con una respuesta afirmativa, apenas comprensible en una sociedad fundamentalmente conservadora y en la que los medios machacan una y otra vez la importancia de la familia. Cuando le respondí con un seco y, quizás, poco cordial “no” (pues ya sabía muy bien para donde iba y no le iba a tener mucha paciencia) quedó en estado de “schock”. Todo el andamiaje que había preparado para convencerme de las virtudes del movimiento político que representaba se habían desmoronado aún antes siquiera de empezar a intentarlo. Tras balbucear algunos “¿Pero por qué no cree que la familia sea la institución fundamental de la sociedad?” y “¿En verdad piensa ud así?”, no tuvo más alternativa que retirarse con el rabo entre las piernas.

Expongo está anécdota porque demuestra cuan hondo son algunas concepciones que están ligadas a la idea de “familia”. La pregunta con la que esta mujer me abordó, era una pregunta evidentemente una pregunta retórica. No se consideraba la posibilidad de que respondiera “no”, independiente de que fuera un creyente o no (no es de extrañarse...incluso un pensador tan poco religioso como Rousseau pensaba de manera similar). Yo respondería que sí, y ella se dedicaría a “explicarme” (es decir, a apelar a ese prejuicio inconsciente que supuestamente todos cargamos) porque el movimiento cristiano que representaba significaba la mejor posibilidad para las “familias colombianas”.

Por lo demás no me parece casualidad que esta concepción sobre la familia se encuentre íntimamente ligada a la religión, en particularmente la cristiana. Pero si me parece lamentable que se haga tan poco en denunciar su carácter ahistórico.

Me explico.




La verdadera razón que me motivó a escribir está entrada no fue mi aburrida anécdota, sino mi más aburrida lectura usual de nuestros amigos derechistas cristianos gringos. En efecto, leyendo el blog de Richard Neuahus me encontré con una de sus tradicionales entradas, atacando la teoría secularizadora (en síntesis, la tesis sociológica que propone que entre mayor grado de modernización tenga una sociedad, menor será el alcance e influencia de la creencia religiosa en dicha sociedad, dados los procesos intrínsicos que desata la modernidad en ésta); el artículo estaba basado en el comentario que Neuhaus hacia de un ensayo publicado por el Hoover Institute – sorpresivamente, un “think thank” conservador- por Mary Tedechi Eberstadt, sobre la relación entre la demografía y la religión.

Ebersdat señala que usualmente se ha establecido que es la creencia religiosa la que afecta el crecimiento demográfico, en tanto que cierto tipo de creencias religiosas alientan a las personas a formar familias y a tener hijos en mayor número. Un ejemplo muy conocido para nosotros de ello es el catolicismo: comúnmente se asocia el elevado número de miembros que tienen las familias católicas con una teología que hace énfasis en la importancia de tener hijos o en prohibiciones al uso de anti conceptivos. Se asume que en una sociedad en la que la creencia religiosa se ve debilitada en su número e influencia en la esfera pública, una sociedad secularizada, las tasa de crecimiento demográfico tienden a decaer (siendo un ejemplo muy citado, en especial en círculos conservadores, el caso de Francia).

Pero la autora del ensayo piensa que esta concepción parte de una relación causal incorrecta. Es la experiencia de la “familia natural” (monógama, heterosexual y burguesa, diría yo) la que impulsa a la gente hacia la religión y no viceversa. Cuando la gente tiene muchos hijos se ve impulsada a la práctica religiosa (cristiana) y no la creencia religiosa la que impulsa a tener varios hijos. Neuhaus no lo quiere ver tan categóricamente y lo plantea como un “interesante debate del huevo y la gallina” (sería demasiado embarazoso para un cura, como lo es Neuhaus, admitir que la única motivación para la vida religiosa está en el matrimonio y en tener hijos, desde luego; por otro lado, es una motivación útil en la agenda política de la derecha norteamericana que él representa impulsar el matrimonio tradicional y tener muchos hijos como un baluarte de la religión, y del patriarcado…).




Independientemente de la validez sociológica de la tesis de Ebersdat, el punto es que parte de una idea completamente ahistórica: el cristianismo, no importa cuanto lo repitan los curas, pastores y partidos políticos de derecha (como la recolectora de firmas que me abordó en la anécdota con el que empecé está entrada), no nació como una religión de “valores familiares”. Por el contrario, el cristianismo nació como una religión subversora de la idea de familia.

Empecemos por su fundador: Cristo no se casó ni tuvo hijos (claro, dirán los teólogos, era el hijo de Dios - y Dios mismo a la vez -, y no podía ponerse a dejar descendencia esparcida por el mundo); pero la cosa iba mucho más, como nos demuestra el mismo Cristo que nos advertía: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada; Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa” (Mateo 10:34-36)

De la vida familiar de los discípulos sabemos prácticamente nada, incluido de la de Pablo, quién pensaba que el matrimonio era apenas una alternativa para paliar los efectos de los pecaminosos instintos sexuales humanos, y por ello escribía cosas como: “Acerca de lo que me habéis preguntado por escrito, digo: Bueno le sería al hombre no tocar mujer. Sin embargo, por causa de las fornicaciones tenga cada uno su propia mujer, y tenga cada una su propio marido.” y añadía “Digo, pues, a los solteros y a las viudas, que bueno les sería quedarse como yo; pero si no tienen don de continencia, cásense, pues mejor es casarse que estarse quemando.” (1 Corintios 7:1-2 y 1 Corintios 7:8-9).




Pero esas consideraciones hermenéuticas pueden ser espinosas, y seguramente muchos indignados teólogos cristianos tendrán una exégesis distinta a la mía de estos pasajes de las escrituras. Sin embargo, es más difícil negar la realidad histórica del cristianismo en relación con el matrimonio y la sexualidad, al menos en buena parte de la edad media.

Ya en los primeros siglos de existencia, los cristianos primitivos eran vistos de manera sospechosa por parte de la sociedad pagana, en particular por lo misterioso de sus prácticas. Y una de las acusaciones más importantes que le hacían, en la voz de uno de sus primeros y más serios contradictores, el filósofo Celso (de cuya obra sólo nos quedan fragmentos conservados para efectos de refutación en las obras de Orígenes, pues el resto fue destruido por Iglesia apenas tuvo el poder para hacerlo) fue que una de las tácticas más comunes de los cristianos era acercarse a personas poco instruidas (en especial jóvenes y niños) para convencerlos de su religión. Y que incluso instaban a estos a desobedecer a sus padres y maestros cuando estos les sugirieran ideas contrarias a la religión que les estaban predicando.

La edad media no fue muy diferente. La familia nuclear de “papa y mama en relación estable con sus hijos” que hoy conocemos tan bien y que es el baluarte de estos defensores de la familia modernos, a duras penas existía y era poco el interés de la Iglesia por promoverla. El matrimonio era, en buena medida, un simple asunto de conveniencia económica, y continuaría siéndolo hasta hace no mucho. Incluso aún se discute si los señores feudales podían gozar del “derecho” a disponer de la mujer de sus siervos durante la primera noche (un “derecho” no formal que tardó siglos en ser abolido).

Pero aún desde la antigüedad tardía, desde fines del siglo III d.c hasta el asentamiento definitivo de la edad medieval, el cristianismo nos dio muestras extraordinarias de ascetismo. No me parece casualidad que haya sido esa religión la que le dio a occidente la tradición de esos monjes errantes que vivían en el desierto (conocidos como Anacoretas), y que no sólo vivían en castidad, sino alejados de cualquier terrenal o distracción, incluida el tener una familia. Ni hablar de la tradición monacal que el cristianismo nos legó o de los votos de castidad del clero católico.

Todo esto viene a colación del hundimiento –motivado por la indolencia de varios parlamentarios y del activismo político de los partidos y representantes “cristianos” en el congreso- de un proyecto de ley que pretendía otorgar derechos patrimoniales a las parejas homosexuales equivalentes a los de parejas heterosexuales. Obviamente no faltó el congresista que votó en contra que salió a decir que era para proteger a la “familia tradicional”, y si no lo dijo, seguramente pensó también en “los valores cristianos inherentes a la familia nuclear”. Pero esa sagrada familia que con tanto ahínco defienden, es un fenómeno burgués, para bien o para mal, y no necesariamente cristiano. Bueno sería que todos lo recordáramos de vez en cuando.

5 comentarios:

Goggins Godot dijo...

Señor Méndez.

Antes que todo un gran saludo y me place leerlo una vez mas. Ante la entrada que acabo de devorar me quedan algunas preguntas. Lo primero es comentarle que cuando cita a la Biblia, dice en algún punto “una exégesis distinta a la mía”, lo hace muy bien, porque la lectura que hace usted del texto es verdaderamente exegética, es decir, a quemarropa y sin interpretación, sin embargo, mi apuesta sería que la palabra que usted buscaba era “hermenéutica”, que es la interpretación del texto en contexto (valga si la hay la redundancia). Después de este mínimo gazapo que en nada importa más que a las exquisiteces del idioma pasemos a expresarnos sobre el fondo de su entrada.

Me parece que usted sobrevalora la importancia de la familia en la religión cristiana en cualquiera de sus vertientes (católica, anglicana, etc.), ya que la familia nuclear y su capital importancia era vital aún para los romanos pre-cristianos, que creían en la afectio maritalis, esto era el amor dentro del matrimonio, sin el cual, el romano podía acercarse al pretor (una suerte de juez) para disolver su vínculo; a su vez creían en el Domus, que equivale a decir “la casa” en el sentido espiritual y profundo de la palabra, es decir los agnados y cognados unidos por afecto y la autoridad del pater familias que era “el buen padre de familia” que cuidaba de todos aquellos en su domus (esposa, hijos, sirvientes, etc.). Los romanos a pesar de tener sus deidades no ofrecían una relación a sus familias desde estas deidades, mas al revés, pedían favores de los divinos a los mortales, esta organización pertenece a un esquema tal vez político, pero muy difícilmente religioso. No se me malinterprete, no cito estas curiosidades de los romanos pre-cristianos por argumento de autoridad (si los romanos lo hacían está bien), lo hago para demostrar que la importancia de la familia es (ni mucho menos) invención del cristianismo y sus vertientes, mucho menos la organización de estas familias como heterosexuales y demás ya que la extensión mayor de las familias redunda en una estrategia económica para buscar de manera sistemática mas y mejores opciones en el mercado, las familias numerosas no son ingeniadas por iglesias sino por situaciones de mercado en las que se requiere que los hijos jóvenes alcancen recursos para su propio Domus.

O por lo menos eso opino yo. Gran saludo.

Maldoror dijo...

Goggins:

Bienvenido, y gracias por sus comentarios, antes que nada.

Respecto a lo que ud dice sobre la importancia de la familia en el cristianismo, me sigo manteniendo en que se trata de una contigencia histórica y no de un imperativo teológico (o que exista una relación causal a la inversa: familia --> religión). Inevitablemente los primeros cristianos, que mayoritariamente habitaban en el imperio romano, adoptaron - o heredaron - las estructuras sociales de este (incluida la familia). Pero eso sólo cuenta para los cristianos dentro del imperio; esos estructuras además tendieron a desaparecer con la entrada en la edad media. Y no hablemos de los cristianos en oriente, que en muchos casos debieron conservar estructuras familiares distintas.

Ahora, respecto a lo que mencionas sobre la razón de la extensión de las familia, yo no tengo elementos de juicios para corroborarlo o negarlo. El artículo de Eberstadt sostenía una tesis que no soy capaz de sostener o negar. Lo que pretendía en la entrada era más rechazar cierta lógica inherente al mismo (que el cristianismo estaba ligado intrínsecamente a la familia)

Carlos dijo...

Sergio: Buen post. Pero te la complicó mas. De acuerdo con las tesis de Weber ("la etica protestante y el capitalismo"), los primeros capitalistas o "burgueses" eran cristianos devotos (pero no protestantes).

Saludos,
Carlos

Maldoror dijo...

Carlos:

Según recuerdo yo, lo que Weber dice es que el protentismo (en particular el calvinismo) fundó una ética sobre la cual se desarrollo el capitalismo. Es una tesis lásica, pero yo me inclino más por una visión histórica (en la que en efecto, los primeros burgueses y capitalistas fueron cristianos de la edad media).

Anónimo dijo...

alguien aca me haria el favor de responderme esta pregunta la necesito para hoy urgente

como, cuando y donde arribaron los primeros burguese a colombia